Dr. José Ingenieros

Nació en Palermo, Italia, el 24 de abril de 1877. Era pequeño cuando su familia se trasladó a la Argentina: hizo aquí sus estudios primarios y cursó el bachillerato en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

Su padre, que era periodista tenía una biblioteca y lo incitó desde temprano a la lectura, a la escritura, a la corrección de imprenta y a la traducción de inglés, francés e italiano. Participó desde joven en organizaciones obreras revolucionarias.

En 1894 comenzó a cursar en la Facultad de Medicina y, movilizado por las protestas obreras de la época, fundó el Centro Socialista Universitario. Al año siguiente, con Juan B. Justo como Presidente e Ingenieros como Secretario, quedó constituido el Partido Socialista Obrero Argentino.

Estudió psicología, psiquiatría y criminología; se recibió de médico en 1900. Enseguida, de la mano de Francisco de Veyga y de Ramos Mejía, sus profesores en la Facultad, consiguió insertarse en cargos dependientes del Estado.

Fue profesor de Medicina Legal, Jefe de la Cátedra de Clínica de Enfermedades Nerviosas, y funcionario principal del Servicio de Observación de Alienados de la Policía. En esa década se gestaron sus principales trabajos científicos: “La simulación en la lucha por la vida”, “La simulación de la locura”, “Criminología e Histeria y sugestión”. En 1904 ingresó en la cátedra de Psicología Experimental de la Facultad de Filosofía y Letras; cuatro años más tarde fundó la Sociedad de Psicología. También escribió Principios de Psicología, que resultaría el primer sistema de enseñanza en la disciplina. Todos estos trabajos le generaron reconocimiento internacional y lo relacionaron con figuras eminentes de esas áreas. En 1905 participó en Roma del Quinto Congreso Mundial de Psicología.

Además de escribir en numerosos medios nacionales y extranjeros, dirigió varias publicaciones en el país (Archivos de Criminología, Medicina Legal y Psiquiatría, entre otros) y fundó La Cultura Argentina, donde editó libros de inusuales tiradas de diez mil ejemplares, que luego serían pirateados.

De 1909 a 1910 fue Presidente de la Asociación Médica Argentina.
En 1910 dicta un curso sobre Psicología del Carácter en la cátedras de Psicología, en Filosofía y Letras. Escribió sobre sociología, psicología, literatura, filosofía, historia, medicina. Muchos de sus escritos escarbaron en las raíces biológicas y se sustentaron en su adhesión al evolucionismo y al darwinismo.
Al momento de su muerte, el 31 de octubre de 1925, tenía 48 años.

Dr. José Arce

Nació en Lobería, Provincia de Buenos Aires el 15 de octubre de 1881. Se graduó con Medalla de Oro de su promoción en 1903. Tuvo varios pases de servicio en los primeros años: médico agregado, Jefe de Cirugía de Hombres, Jefe de Cirugía de Mujeres, cirujano adscripto, Jefe de Cirugía General y luego Director del Instituto de Clínica Quirúrgica del Hospital de Clínicas.

Fue Presidente de la Asociación Médica Argentina de 1911 a 1912. Los hechos más destacados de su presidencia fueron el Acta en honor del Prof Vidal en el Anfiteatro de la Facultad de Medicina y la creación de una Comisión integrada por los Dres Vidal, Alurralde, Acuña y Merzbacher para dictaminar sobre una proposición para que se inscribiese la poliomielitis aguda entre las enfermedades de declaración obligatoria. La Comisión se expidió favorablemente y propuso elevar el pedido. Participó activamente en la Reforma Universitaria en 1918.

El mérito de José Arce es haber fundado en 1921 la primera Escuela de Especialistas de Anestesia, en este año dictó un curso “Anestesia al alcance del médico práctico”, con una concurrencia de treinta médicos. Fue la primera vez que la Facultad de Ciencias Médicas otorgó un diploma de perfeccionamiento en anestesia, enseñando el manejo del aparato de OmbredanneFue Rector de la Universidad entre 1922 y 1926. En 1923 pudo concretar una de las ambiciones de su vida con la inauguración del Instituto de Clínica Quirúrgica en el Hospital de Clínicas. Desde 1935 a 1940 fue Decano de la Facultad de Medicina. Fue Relator del Congreso Argentino de Cirugía en 1928 y 1935.

Arce renunció al profesorado de Clínica Quirúrgica en 1941, pero al crearse por primera vez la Cátedra de Cirugía Torácica fue nombrado Profesor Titular de la misma.

Fue Miembro de la Academia de Medicina de París. Entre sus condecoraciones recibió la de la Legión de Honor de Francia y la Gran Cruz de Isabel la Católica de España. Comenzó su carrera diplomática
en 1945. Fue designado Jefe de la Delegación Argentina ante la Organización Internacional de las Naciones Unidas.
Se conoce de él como profesional excelente y sobresaliente en el campo humano. Operó en mas de una ocasión sin cobrar un peso. Su recuerdo y obra perduran en muchos hospitales.
Se retiró en 1949 de la actividad pública. Operó por última vez en 1967, en el Hospital Fernández. Murió en 1968.

Dr. Ramón Carrillo

Nació el 7 de marzo de 1906 en la provincia de santiago del Estero. Luego de cursar estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, guiado y alentado por su vocación parte rumbo a Buenos Aires, para iniciar la Carrera de Medicina. Cursa esta carrera de manera brillante y obtiene, al recibirse en 1929, la Medalla de Oro al mejor alumno de su promoción.
Desde estudiante se inclina hacia la neurología y la neurocirugía, colaborando con el Dr. Manuel Balado, eminente neurocirujano de la época, con quien realiza sus primeros trabajos científicos. Ya recibido abraza definitivamente estas especialidades y obtiene una beca universitaria para perfeccionarse en Europa, donde trabaja e investiga junto a los más destacados especialistas del mundo, entre ellos Cornelius Ariens Kappers.
Regresa a Buenos Aires en plena “Década Infame”, donde puede vivenciar el sistemático saqueo y destrucción que sufre su patria, en un periodo caracterizado por la profunda decadencia moral de la dirigencia, donde se impone la corrupción, el negociado, la enajenación del patrimonio nacional y el empobrecimiento de una gran mayoría poblacional. Adhiere entonces al pensamiento nacional que toma auge en aquella época. Complementa su educación científica con ideas políticas y formación cultural. Se vincula con hombres como Homero Manzi, claro representante de nuestra cultura y de las nuevas ideas, y la escuela neurobiológica argentina activa en el Hospicio de la Mercedes y el Hospital de Alienadas, luego hospitales Borda y Moyano.
Durante esos años se dedica a la investigación y a la docencia, hasta que en 1939 se hace cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. Este cargo le permite conocer con mayor profundidad la realidad sanitaria del país. Toma contacto con las historias clínicas de los aspirantes al servicio militar, procedentes de toda la Argentina, y puede comprobar la prevalencia de enfermedades vinculadas con la pobreza, sobre todo en los aspirantes de las provincias más postergadas. Lleva a cabo estudios estadísticos que determinan que el país sólo contaba con el 45% de las camas necesarias, además distribuidas de manera desigual, con regiones que contaban con 0,00% de camas por mil habitantes. Confirmó de esta manera sus recuerdos e imágenes de provincia, que mostraban el estado de postergación en que se encontraba gran parte del interior argentino.
En 1942, con sólo 36 años, gana por concurso la titularidad de la cátedra de Neurocirugía de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Brillante era su carrera en el mundo científico y académico. Sin embargo, los sucesos históricos harían cambiar radicalmente el destino de su vida y de sus pasiones. Son precisamente estos hechos los que harían que la figura de Carrillo tome dimensiones trascendentes.
Grandes cambios se producen en el país: en 1943 es derrocado el régimen de Castillo y asume un gobierno militar. En este contexto conoce en el Hospital Militar al Coronel Juan Domingo Perón, con quien comparte largas conversaciones. Es precisamente el Coronel quien convence al Dr. Carrillo de colaborar en la planificación de la política sanitaria de ese gobierno.
Luego Perón llegaría a la presidencia, por vía democrática, y confirma al Dr. Carrillo al frente de la Secretaría de Salud Pública, que posteriormente se transformaría en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación.
Difícil es enumerar la prolífera obra del Dr. Carrillo frente a esta cartera. Lleva a cabo acciones que no tienen parangón hasta nuestros días. Esta revolución sanitaria, diseñada y llevada adelante por Ramón Carrillo, aumentó el número de camas existentes en el país, de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954, cuando se retira. Erradicó, en sólo dos años, enfermedades endémicas como el paludismo, con campañas sumamente agresivas. Hizo desaparecer prácticamente la sífilis y las enfermedades venéreas. Disminuyó el índice de mortalidad por tuberculosis de 130 por 100.000 a 36 por 100.000. Terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis. Redujo drásticamente el índice de mortalidad infantil del 90 por mil a 56 por mil.
Todo esto, dando prioritaria importancia al desarrollo de la medicina preventiva, a la organización hospitalaria, a conceptos como la “centralización normativa y descentralización ejecutiva”. Esta nada tiene que ver con la descentralización que se realizó en los últimos años a nivel hospitalario en nuestro país, que solo responde a fines meramente económicos impuestos por los mercados.
Esta es una brevísima síntesis de los hechos más importantes que generó desde el Ministerio que dirigía. Sin embargo el legado más importante que dejó el Dr. Carrillo fueron las ideas, principios y fundamentos que acompañaron este accionar.
“Los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social. Del mismo modo que no puede haber una política social sin una economía organizada en beneficio de la mayoría.”
“Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo.”
Estas fueron algunas de las frases que pintan de cuerpo entero a este hombre capaz de abandonar su admirable carrera científica, reconocida a nivel internacional, para entregarse de lleno a las necesidades concretas de su Patria. Este hombre originalmente formado en el pensamiento científico individualista y biologicista renunció al prestigio y la tranquilidad que le podía brindar su carrera para dedicarse al desarrollo de la medicina social, lugar desde donde podía realizar y concretar sus ideas sobre salud.
Muere a los cincuenta años el 20 de diciembre de 1956, pobre, enfermo y exiliado, trabajando en un pueblito del norte brasilero y recibiendo por correo aportes de su amigo Salomón Chichilnisky y pequeñas ayudas de colegas brasileros que lo admiraban.
Sin embargo en el lamentable escenario de la Salud Pública actual y en momentos en que se extiende el discurso que responsabiliza al Estado de los males que padecemos, es saludable recordar su figura, su obra y -¿por qué no?- retomar sus banderas, poniendo nuevamente al estado al servicio del pueblo.
Quizás una de sus frases más celebres nos indique que aún su obra está inconclusa... “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”

Dr. Manuel Sadosky

Manuel Sadosky nació en Buenos Aires el 13 de abril de 1914. Hijo de un matrimonio de inmigrantes rusos llegados al país en 1905.

Hizo los estudios primarios y secundarios en la Escuela Norma Mariano Acosta. En 1940 se graduó como Doctor en Ciencias Físico-Matemáticas de la UBA. Enseguida comenzó a ejercer la docencia en la UBA y en la Universidad de La Plata. Actividad que suspendió para perfeccionar sus estudios en el Instituto Henri Poincaré de París entre 1946 y 1947 y en el Instituto del Cálculo de Roma en 1948, donde orientó su carrera hacia la matemática aplicada.

De regreso a Buenos Aires, dio clases en el Instituto Radiotécnico entidad recién formada por la UBA y el Ministerio de Marina- hasta 1953, cuando se dedicó a trabajar en la publicación de varios libros. A partir de 1955, fue profesor de la UBA, primero en la Facultad de Ingeniería y luego en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, de la cual llegó a ser Vicedecano entre los años 1957 y 1966.

Interesado en la computación, en 1960 organizó el Instituto de Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas, del cual fue director entre 1956 y 1958. Con el apoyo del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), presidido por Bernardo Houssay, trajo en 1960 la primera computadora (clementina) que hubo en el país y en una universidad en toda Latinoamérica.

Y creó la carrera de Computador Científico. Debió dejar las aulas tras la Noche de los Bastones Largos. En 1967 se trasladó a Uruguay, donde creó el Instituto de Cálculo de Montevideo en la Universidad de la República, que lo nombraría Doctor Honoris Causa.

Durante la Dictadura Militar, estuvo exiliado, trabajando entre 1974 y 1979 sobre problemas de matemática aplicada en el Instituto Cendes de la Universidad Central de Venezuela. Luego se trasladó a Barcelona, España, donde se vinculó con el Museo de Ciencias de Barcelona.

En 1983, regresó al país donde fue designado Secretario de Ciencia y Tecnología durante el período presidencial de Raúl Alfonsín (1983-1989) y creó la Escuela Superior Latinoamericana de Informática (ESLAI). En 1985, fue designado Profesor Emérito de la UBA, a la que siguió vinculado. Falleció el 18 de junio de 2005.

Sr. Carlos Berg

Carlos Berg nacó el 2 de abril de 1843 en Rusia. Siempre manifesto inclinación hacia las ciencias naturales y, a pesar de no poder disponer de medios económicos para realizar los estudios respectivos, a fuerza de tesón y trabajo logró formarse como naturalista.

Con apenas 22 años, ingresó en la Sociedad de Naturalistas de Riga y en muy poco tiempo ya formaba parte de la comisión directiva de la misma, donde era también encargado de la sección entomológica.

Fué docente de las cátedras de historia natural y de química en la escuela técnica preparatoria del Politécnico báltico de Riga. Poco después, recibió un llamado desde Buenos Aires, del naturalista alemán Carlos Burmeister y llegó al país en junio de 1873, para trabajar en el Museo Público de la capital argentina.

En 1875 fue nombrado catedrático interino en zoología en la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba y, en Buenos Aires, ocupó la cátedra de Zoología de la Facultad de Ciencias Físico-Naturales, y la cátedra de Historia Natural en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

En esta tarea, Berg inició un cambio radical en la enseñanza de esa materia. Durante esta época, y reconocido ya como un importante científico, colaboró asiduamente con los Anales de la Sociedad Científica Argentina.

En 1890, Berg fue convocado por el gobierno uruguayo para organizar el Museo Nacional de Montevideo y en ese cargo estuvo por casi dos años.

A la muerte de Burmeister, Berg pasó a dirigir el Museo de Buenos Aires. Se mantuvo a cargo de la institución hasta 1902, fecha de su fallecimiento. En esos diez años, contribuyó a hacer del Museo un centro fundamental de la ciencia nacional. Ordenó mejoras en la iluminación de los salones y las condiciones generales de higiene.

Por entonces, el Museo de Buenos Aires sufría severos problemas de infraestructura, y en su competencia con otras instituciones similares, como el Museo de La Plata, llevaba una clara desventaja.

Su interés también se enfocó en relacionar al Museo con la sociedad y con otros centros científicos del mundo. Estimuló, por ejemplo, el sistema de visitas guiadas para el público en general, las que atendía personalmente, y atrajo al seno de la institución a numerosos científicos y estudiosos, muchos de los cuales quedaron vinculados al Museo.

En el aspecto científico, enriqueció las colecciones (creó, por ejemplo, las secciones de Ictiología, Herpetología, y de Anfibios), continuó la publicación de los Anales y fundó una revista nueva: Comunicaciones del Museo Nacional de Buenos Aires.

También realizó varios viajes de estudio: a la Patagonia (1874), a Córdoba y a Catamarca (1875), a Corrientes y Misiones (1876-77), a San Luis, Mendoza, la cordillera de los Andes y Chile (1878-79), a la sierra de Tandil (1877), entre otros.

En cuanto a su obra estrictamente científica, especializada en la entomología, a lo largo de su vida profesional Berg publicó más de 200 trabajos. Algunos de ellos fueron: El bicho de cesto (1874); Coccinelidae argentinae (1874); Lepidópteros patagónicos observados en el viaje de 1874 (1875); Contribución al estudio de las Piralidinas de la fauna sudamericana (1877); Estudios lepidopterológicos acerca de las faunas argentina y oriental (1877); Apuntes lepidopterológicos (1880). También produjo un Tratado elemental de zoología y varios textos de carácter elemental. Como educador, Berg fue el formador de varios científicos argentinos de la generación siguiente, como Angel Gallardo, quien fuera su discípulo más fiel.
Berg falleció en enero de 1902.

Dr. Carlos Germán Burmeister

Karl Hermann Konrad o Carlos Germán Conrado Burmeister (* Stralsund, Alemania, 5 de enero de 1807 – Buenos Aires, Argentina, 2 de mayo de 1892) fue un naturalista, paleontólogo y zoólogo alemán, que desempeñó la mayor parte de su carrera en Argentina.
Realizó exhaustivos trabajos sobre la descripción de la fauna, flora, geología y paleontología de varios países sudamericanos, pero en especial de Argentina, publicando cerca de 300 títulos, entre ellos su Description Physique de la République Argentine, que con magníficas ilustraciones mereció la medalla de oro en su presentación en la Exposición Geográfica de Venecia.
Dirigió desde 1862 y hasta su muerte el Museo de Buenos Aires.
Fundó la Academia de Ciencias Naturales de Córdoba integrando a ella a varios profesores venidos de Europa. y dejando tras de sí un importante grupo de discípulos que continuaron su obra.

carlos Gremán Burmeister nació en Alemania el 5 de enero de 1807. Se graduó en medicina en 1829, y se doctoró en filosofía. Actuó como cirujano en el servicio militar obligatorio pero luego decidió dedicarse a las ciencias naturales.

Luego de cumplir etapas de especialización comenzó a enseñar zoología en la Martin Luther University, en la ciudad de Halle (Sajonia-Anhalt), Alemania, desde 1837 a 1861, ejerciendo además la dirección del Museo de Zoología.
Sus trabajos de entomología, son de esta época y concluyeron en 1832 con la edición del Handbuch der Entomologie (Manual de Entomología). Actuó durante breves años en política siendo elegido diputado.

En 1843 publicó su célebre "Historia de la Creación" que tuvo 6 ediciones y fue traducida a 5 idiomas teniendo una notoria influencia entre la intelectualidad europea de esa época. Dicha historia fue elogiada por Alexander von Humboldt, quien le escribió desde Potsdam y le consiguió un subsidio real para visitar Brasil. De esta manera viajó en 1850 a Río de Janeiro y Minas Gerais, regresando a Alemania en abril de 1852. Resultado de ese viaje es su obra Sinopsis de los animales de Brasil.
Entre 1851 y 1853 publicó su obra Vistas geológicas para la historia de la Tierra y sus habitantes.
Una vez más volvió a América gracias a que Humboldt le consiguió una recomendación del rey de Prusia. Llegó a Buenos Aires en 1857 donde conoció el Museo Público de Buenos Aires y viajó a Rosario para pasar luego a Paraná, sede del Gobierno de la Confederación Argentina. Allí las autoridades le autorizaron a viajar a Mendoza, donde permanecería un año.

Carlos Burmeister describió todo lo que observaba: el paisaje, el gaucho, el asado, el mate, las viviendas etc. En particular al algarrobo y sus usos domésticos y como alimento para el ganado.

En abril de 1858 viajó a Paraná provincia de Entre Ríos, donde durante nueve meses fue propietario rural. Junto con su hijo mayor Germán Burmeister Sommer realizó estudios geológicos y paleontológicos en la zona.

En 1859 recorre la ciudad de Rosario, Córdoba, y Tucumán donde permaneció seis meses. Luego exploró Catamarca y La Rioja para desde aquí cruzar a Chile y viajar a Panamá para regresar a Europa, a su cátedra de Halle. Publica entonces su Viaje a los Estados del Plata, con referencia especial a la constitución física y el estado de cultura de la República Argentina.

Sus grandes deseos de volver a las regiones que había visitado unido a cierto desencanto producidos por motivos políticos en su país lo decidieron a renunciar a su cátedra y volver a la Argentina donde el presidente Bartolomé Mitre y su ministro Domingo Faustino Sarmiento, a quien siempre admiró y apreció, lo nombraron Director del Museo de Buenos Aires en febrero de 1862. Ejerció ese cargo con gran eficacia durante 30 años trabajando especialmente sobre los mamíferos fósiles pampeanos y describiéndolos en la Revista Farmacéutica. Ordenó la colección que había en el museo, incrementándola con hallazgos como el célebre Smilodon de Muñiz.

En 1865 se casó en segundas nupcias con Petrona de Tejeda, descendiente de los conquistadores españoles de Tucumán, con la que tuvo cuatro hijos.
Al año siguiente, con el apoyo del rector de la Universidad de Buenos Aires, Juan María Gutiérrez, fundó la Sociedad Paleontológica de Buenos Aires cuyo principal fin fue el de estudiar y dar a conocer los fósiles del entonces Estado de Buenos Aires y fomentar el Museo Público.

En 1874 el ahora presidente Domingo Faustino Sarmiento le encomendó las gestiones tendientes a incorporar a 20 profesores de ciencias exactas y naturales para trabajar en la Universidad de Córdoba, dada la escasez de los mismos en el país y a la poca relevancia que se les estaba dando a esas ciencias. Burmeister se encargó de esto y fundó la Academia de Ciencias
Naturales de Córdoba integrando a ella a profesores venidos de Europa que estaban obligados a dar clase en la universidad cordobesa. Entre ellos se encontraba el joven Hendrik Weyenbergh, que sería eventualmente director de la Academia Nacional de Ciencias. Bajo la dirección de Burmeister la Academia inició de inmediato sus publicaciones, apareciendo desde 1874 su Boletín y desde 1875 hasta 1879 sus Actas.

Una gran obra de Burmeister, en cuatro tomos editados desde 1876 a 1879, que traía magníficas ilustraciones de la flora, fauna, geología y paleontología del país y en la que él fue su único redactor e ilustrador. Editada por el Instituto Geográfico Argentino, mereció en la Exposición Geográfica de Venecia (1891) la medalla de oro de calidad y cuidado en su presentación.
También fue de su autoría Los caballos fósiles de la pampa argentina que el gobierno argentino presentó en la exposición de Filadelfia en 1876.
Publicó cerca de 300 títulos. En el 50º aniversario de su doctorado fue agasajado tanto por argentinos como por varias universidades europeas, recibiendo condecoraciones del emperador de Prusia y de Brasil.

Debido a la capitalización de la ciudad de Buenos Aires se convino con la provincia homónima la nacionalización del Museo de Buenos Aires, en 1884, cumpliéndose el deseo de Burmeister por conservar su autonomía operativa.

Tuvo una gran rivalidad con Florentino Ameghino, quien era un activo propagandista de la teoría de la evolución darwiniana, mientras que él era un decidido antagonista de dicha teoría

Falleció en 1892, a los 85 años, como consecuencia de heridas producidas por un accidente en el Museo. Había dejado designado como su sucesor al frente del Museo de Ciencias de Buenos Aires al Dr. Carlos Berg, probablemente para bloquear el acceso de Ameghino, quien de todas maneras ocuparía esa dirección 10 años después.

Sr. Florentino Ameghino

Florentino Ameghino nació en la villa de Luján, de la provincia de Buenos Aires, el 18 de septiembre de 1854. Hijo de don Antonio Ameghino y de doña María Dina Armanino, sus dos hermanos, Juan y Carlos, le ayudaron y asistieron en sus trabajos en muchas ocasiones, y sobre todo este último, tan modesto como eficaz colaborador, proporcionóle gran cantidad de material de investigación, conseguido en largas y penosas exploraciones. Don Carlos Ameghino llegó a ser también un sabio en la materia aunque no pueda compararse, naturalmente, con Florentino.

Su propia madre enseño a éste las primeras letras, luego entró en la escuela particular de un tal don Guillermo, quién a los pocos meses se presentó a la casa diciendo que nada tenía ya que enseñar al niño Florentino. Su precocidad encantó también al nuevo maestro, Carlos D´Aste, que lo fue hasta 1867. D´Aste lo trajo a la capital, a su propia casa, y lo hizo ingresar a la Escuela Normal. Sus estudios allí sólo duraron un año, porque la escuela se cerró. Pero él había aprovechado bien el tiempo visitando al Museo de Historia Natural y leyendo a Burmeister y a Lyell, que le descubrieron su verdadero camino. A los veinte años de edad encuentra los restos fósiles completos de un milodón. Por primera vez se hacía el hallazgo y aunque el autor no pasaba de ser un modesto “ayudante” en una escuela común de varones del pueblo de Mercedes, naturalmente, empieza a hacerse conocer. Al año siguiente ya publicaba dos artículos en dos diarios locales y lograba insertar otro en el “Journal de Zoologie”, revista parisiense. Obtenía además un premio en la primer exposición de la Sociedad Científica de Buenos Aires y presentaba a la misma dos memorias que, aunque no fueron tenidas en cuenta en aquel momento, albergaban el germen de su futura obra monumental.

En 1877 publicaba su primer libro, Antigüedades indias de la Banca Oriental, cosecha de una corta excursión por el Uruguay el verano anterior. En 1879 se dilata por fin el horizonte: tiene una destacada actuación en el Congreso de Americanistas, en Bruselas, frente a sabios de relieve mundial. Se hizo oír y admirar y desde allí empezó a tender las redes de sus relaciones científicas, que muy pronto se multiplicaron, con eminencias como Quatrefagues, Mortillet, Schmidt, Gervais (en cuya colaboración hizo algunas excavaciones y llegó a escribir un trabajo), Sergi, Morselli, Cope y tantos otros. La estancia en Europa fue muy fecunda para la formación intelectual como para su fama de sabio, que, a partir de entonces se extendido por el viejo mundo y los Estados Unidos, Con la venta de algunas de las colecciones consiguió dinero par editar dos de sus libros, La formación pampeana y La antigüedad del hombre en el Plata. Volvió a la patria en 1881 casado con Leontina Poirier, francesa, y encontrándose exonerado de su puesto de director de la escuela de Mercedes, instaló una pequeña librería en Buenos Aires, Escribió entonces su Filogenia, obra maestra por su organización y la audacia de las doctrinas, y ella le valió ser llamado por la Universidad de Córdoba para dictar la cátedra de Historia Natural y conferirle el título de doctor honoris causa. Pasó luego a La Plata como subdirector del Museo y volvió más tarde a ser librero. Corría el 1889 cuando sus dificultades económicas le obligaron a aceptar la ayuda de Estanislao S. Zeballos para publicar otro de sus libros capitales, Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina, premiado con medalla de oro y diploma de honor en la Exposición Universal de Paris.

En 1902, a la muerte del sabio Berg, fue llevado por el ministro Joaquín V. González, a la dirección del Museo de Historia Natural de la Nación, cargo que desempeñó por espacio de nueve años. Esto no cambio en nada la modestia de su vida, ni siquiera le hizo le hizo abandonar su refugio platense. Dedicóse concienzudamente a cuidar y enriquecer las colecciones del Museo como hiciera antes con las propias, introduciendo nuevas clasificaciones e incluso iluminando, a la luz de su ciencia, piezas que hasta entonces estuvieron abandonadas u olvidadas. Al promediar el año 1908 pierde sucesivamente, y en el corto plazo de dos meses, la madre, la esposa y uno de los mejores amigos, don Justo Martínez, El dolor inmenso de estas pérdidas prodújole, primero, una gran depresión moral, que se resolvió luego en la diabetes que había de llevarlo a la tumba. A fines de ese mismo año asistió, en compañía de Spegazzini, al IV Congreso Científico Latino Americano, reunido en Santiago de Chile. Realizaron también algunas excursiones durante las cuales aquél empezó a notar en su compañero los primeros síntomas de la diabetes, pro sin conseguir que Ameghino se atendiera. De vuelta al país Dedicóse afiebradamente a preparar el congreso que se reuniría en Buenos Aires el año 10, sin dejar de lado sus otras atenciones ni su producción. Inútil fue que sus familiares y amigos se empeñaran en curarlo, siguió firme en la brecha trabajando denodadamente hasta que le fue de todo punto posible abandonar la cama. El 8 de mayo de 1911 se negó rotundamente a ser trasladado a un sanatorio de la capital según se había dispuesto. Aún postrado siguió escribiendo, dictando o corrigiendo las pruebas de la versión al francés de uno de sus libros. Bueno es recordar que desde joven escribía indistintamente en castellano o en francés, con la misma perfección.

Dominaba también el italiano. Poseía una formidable cultura, asistida de espléndida memoria y verdadero fervor por alimentarla. Incansable trabajador, dejó una obra enorme cuya enumeración alcanza a 176 títulos, que no tienen, naturalmente, todos igual valor. Sus trabajos más importantes, fuera de los arriba mencionados, son: Los mamíferos fósiles de la América meridional, Enuméeration synoptique des espéces des mammiféres fósiles des formations éeocénes de la Patagonie, Sur l´évolution des dents des mammiféres. La perforación astragaliana en los mamíferos no es un carácter originariamente primitivo, en cuanto a paleontología se refiere. Encierran ellos el aporte del descubrimiento, descripción, estudio y clasificación de nada menos que mil especies nuevas. Y si esto no bastara ara su gloria, tenemos aún sus grandes contribuciones a los problemas geológicos y paleogeográficos como Les formations sedimentairs du crétase supérieur y du tertiaire de Patagonie y Las formaciones sedimentarias de la región litoral de Mar del Plata y Chapadmalal. Su apasionante obra de antropólogo, la más discutida de todas. Que cuenta, sin embargo, con grandes autoridades mundiales en su abono, está incluida en parte en algunos de sus libros más importantes y el resto corre inserto en los “Anales del Museo Nacional de Buenos Aires” y la serie de Memorias presentadas al “Congreso Científico Internacional Americano” de 1910.

También en lo moral su vida es un ejemplo prístino. Tenía un alma transparente de niño y una ingénita bondad. Vivió al margen de todo halago vanidoso en medio de una gran modestia. No escatimó su ayuda generosa a los jóvenes que se iniciaban en las ciencias y evacuaba prolijamente cuantas consultas se le hacían, aún a riesgo de interrumpir el hilo de las propias investigaciones.

Ameghino murió en La Plata, el 6 de agosto de 1911. Su entierro fue grandioso, teniendo en cuenta lo alejado que estuvo siempre de las esferas oficiales. Todo el mundo intelectual se hizo presente y al depositar sus testos en el Panteón de los maestros, hicieron uso de la palabra eminentes personalidades como E. Homberg, Victor Mercante, J. B. Ambrosetti, José Ingenieros y otros.